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PATAGONIA

Cada gota cuenta.

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Cada gota cuenta

Habrá seca prolongada. Angel Fuentes lo sabe.


Escasez de lluvias, poca nieve acumulada en las zonas altas, aguadas sedientas, menos pasto disponible para las chivas, para las ovejas, para los caballos. 


Se lo corroboran los índices del año pasado y los del 2021 también: un 60% menos de lluvias en la cuenca del río Neuquén; una merma del 40% en Collón Curá; un 90% menos de acumulación de nieve de alta montaña en la zona norte. Y así, por los cuatro puntos cardinales del territorio neuquino, aun cuando la primavera sea llovedora, habrá seca prolongada. De eso está seguro. 


Ahora que suma a su experiencia datos climáticos de mediano plazo, Ángel se empeña en ganarle tiempo al tiempo. Prepara la majada, cuida el pastizal, recupera a las hembras y, sobre todo, mejora la captación de agua porque la situación más crítica ocurrirá hacia el verano y durante el otoño también.

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El agua, la constante del agua y su escasez en esta estepa de viento que arrasa el cielo y el suelo y corta el aire como cuchillo de afilador.  


Ganarle tiempo a la seca, dice y se dice a sí mismo Angel. Criancero de Mulinchincó, camino arriba de Loncopué, tan cerca del mallín y del arroyo, esa bendición hecha cauce, cruzando aquí nomás, por su campo: 1.250 hectáreas, 210 chivas, 50 ovejas, 25 pavos, 20 gallinas, 7 caballos y 2751 litros/h. de agua por vertiente, sin reserva.


Su historia es también la historia de José Fuentes,  Raquel Catalán y Sergio Ruiz; es la vida de Eduardo Coscarelli, de René y Azucena Encina; es la trayectoria productiva de Magdalena y Margarita Huenten; de Lorena Torres, de Joaquín Jara y Raúl Rosas; de Juana Sazalar; de Elsa Mesa y Adriana Martín. 

Son familias conocidas, mapuches y criollas, hacen ganadería, horticultura, avicultura. Viven en los parajes de Mulinchincó, Riscos Bayos, Cajón de Almaza, Campana Mahuida, Huarenchenque, Costa del Agrio y Los Maitenes. Se reunieron en torno al Proyecto Resilientes y participaron de talleres donde analizaron la vulnerabilidad que tienen frente al cambio climático, para diseñar juntos medidas de adaptación, que impidan que se tornen aún más frágiles sus sistemas productivos .

La constante del agua y su escasez, en esta estepa de viento que arrasa cielo y suelo, y corta el aire como cuchillo de afilador.  

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Yo crío chivas y ovejas. Capaz que el agua la tengo pero necesito reservorios para aprovechar más”, cuenta Angel 

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El agua y su escasez, los cambios de temperatura y los nuevos vientos son las señales climáticas inequívocas que marcan los riesgos tanto en la disminución de la producción ganadera y de animales de granja; como la pérdida de frutas y hortalizas. Sequía prolongada, bajos recursos, ausencia de inversiones, aislamiento, sobrepoblación de chivos y daños por depredadores, falta de compañía técnica y familiar, poca información, escasos lazos organizativos arman un combo difícil de desanudar en los parajes aledaños a Loncopué. Un diagnóstico que se reitera también en Corralito, Covunco Abajo, Pilquiniyeu, donde más de 50 familias se involucran en estas historias resilientes.

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Giuliana Gizzi vive en Loncopué y articula el grupo Resilientes. “Lo que nos propusimos junto a las familias es mejorar el acceso a las fuentes de agua, eficientizar el uso del agua disponible, reducir los impactos erosivos por los sistemas de riego tradicionales y fortalecer los conocimientos en el uso de sistemas de riego y prácticas agroecológicas para mantener o incrementar la fertilidad del suelo”, cuenta la investigadora. Menuda y rápida recorre la meseta patagónica reuniéndose aquí y allí con las familias. Es quien lleva sistematizadas las acciones de adaptación para el uso eficiente del agua de riego: “Aquí construimos un total de cinco reservorios de agua, comenzamos un proceso de los sectores con sombra y reparo para los animales, a partir de esquejes y plantines de especies arbustivas y arbóreas e infraestructura, aumentamos la oferta y calidad forrajera, para contribuir a evitar mayor degradación de los pastizales naturales”.

“Nos propusimos, junto a las familias, mejorar el acceso a las fuentes de agua y fortalecer sistemas de riego y prácticas agroecológicas”, explica la investigadora Giuliana Gizzi

 
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En la Patagonia norte se unen las historias, voces y estrategias de siete comunidades para enfrentar el cambio climático

El reservorio de Angel Fuentes tiene ocho chapas y puede colectar 44.600 litros. Parece una gota diminuta en tierras sedientas, pero significa mucho para los entornos áridos y semiáridos de nuestro país, que representan un 76% del territorio y disponen tan sólo del 14% de los recursos hídricos superficiales. Cuando se logra bombear, o se aprovecha el agua de vertiente que circula por la diferencia de nivel desde las zonas más altas, cuando se logra conducir el agua desde una toma, arroyo, río o vertiente hasta un puesto en medio de la estepa; cuando se puede almacenar agua para los animales y regar huertas y chacras; cuando las mujeres y los niños, niñas y adolescentes no necesitan acarrear el agua en baldes para el consumo familiar, gana fuerza un concepto, que es a la vez una definición ecológica y humana: asumir que el  agua no solo es un recurso  sino el acceso a un derecho y un bien común.

Un 76% del territorio argentino está compuesto por entornos áridos y semiáridos que solo disponen del 14% de los recursos hídricos superficiales.

Un lugar en el mundo

Blanca San Martín no está dispuesta a dejar Cerro Alto. Allí crió a sus siete hijos. Y desde ese punto cardinal patagónico, que es su lugar en el mundo, puede dar testimonio de los cambios del clima. Vivió las tormentas de nieve de los años 70, las inclemencias de aquel crudísimo invierno del 84 y las cenizas volcánicas que durante este siglo nuevo se ensañaron con sus 249 hectáreas y toda su majada. Criancera y horticultora, participa con su marido Eustaquio Curapil del Proyecto Resilientes.

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Criancera y horticultora, Blanca San Martín participa con su marido Eustaquio Curapil del Proyecto Resilientes.

Cerro Alto y Coquelén son dos parajes rionegrinos, que se ubican en el departamento de Pilcaniyeu, sobre la ex ruta 40. Paula Ocariz es ingeniera agrónoma, especialista en desarrollo rural y está acostumbrada a manejar por estas carreteras pavimentadas, por estos caminos provinciales de ripio, mejorados, por estas huellas vecinales cargadas de barro en tiempos de lluvia y de nieve en tiempos de frío. Es extensionista del INTA y está a cargo de la Agencia de Extensión Rural Bariloche. Recorre la zona, visita a las familias, recorre la Línea Sur que recorre el departamento de Pilcaniyeu y limita al oeste con Bariloche, al norte con el Limay  y al sur con Ñorquinco. Llega hasta el campo de Blanca y Eustaquio, camina hasta los corrales, revisa las pasturas. Dialoga, pregunta, aprende, responde.

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Ocariz toma nota y discute con Eustaquio cómo manejar las vertientes que se les han secado o tienen muy poca agua, cómo hacer para almacenarlas y distribuirlas mejor. Sacan juntos medidas, muestras del suelo, un manejo sustentable: “Lo que buscamos es avanzar en el manejo de compostaje y abonos verdes, agregar pasturas para rotación en suelos muy pobres en materia orgánica y con poca capacidad de retención hídrica; vamos a construir aquí también cobertizos para refugio de animales en época invernal, una infraestructura útil para suplementación estratégica de las madres, en el último tercio de gestación. También para que las familias tengan un espacio de trabajo que los proteja de la intemperie”.


En Cerro Alto nieva. A veces apenas, a veces muchísimo. Como en julio de 2020. Afuera nieve persistente; la leña mojada que no alcanza para pasar la noche. Los teléfonos sin carga, otra vez. Sucede casi siempre. O porque hay sequía, o porque hay viento, o porque nieva y nieva y nieva como en el invierno 2020. Es julio y un vecino de Blanca salió a proteger a sus ovejas que estaban bajo los copos helados. Pasan las horas y no vuelve. Llega la noche y no vuelve. Y la madrugada y la mañana siguiente. Entonces aparece con sus ovejas. Horas de tormenta de nieve  lo detuvieron en un refugio. Pero vuelven él y sus ovejas.

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La erupción del cordón volcánico Caulle-Puyehue en 2011 generó mortandad de los rodeos y afectó las vertientes naturales, principales fuentes de agua para consumo animal y humano.

Así es la línea sur: temperaturas extremas, aislamiento, malas condiciones y escasos medios de transporte público. Son personas grandes las que persisten, los jóvenes se van a los poblados, a la ciudad. Pero Blanca San Martín y Eustaquio Curapil persisten, con su huerta de repollos, de lechugas, remolachas y zanahorias; con su monte frutal de ciruelos y manzanos; con su majada de ovejas y con la carnes de los capones; con el reparo de pinos, sauces, álamos, de olmos, con las gallinas y sus huevos. 


En Covunco abajo, al borde de la ruta 14, en el centro de la provincia de Neuquén, muy cerca de la ciudad de Zapala, se sitúa el valle donde Cristina Parra tiene su edén: un tesoro escondido en medio de la meseta patagónica. Ella, junto a sus dos hijos y otras cuatro familias que residen a la orilla del arroyo Covunco (que en lengua mapuche significa agua caliente), participan del Proyecto Resilientes. 

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Cristina y su familia preparan el suelo con abonos agroecológicos y almácigos de temporada, para armar invernaderos tipo macrotúnel, que resisten los vientos y las nevadas de la región.

Estos meses preparan el suelo con abonos agroecológicos y almácigos de temporada, para armar los invernaderos con una tecnología regional que resiste vientos y nevadas. La infraestructura permite producir hortalizas durante todo el año, con semillas criollas y locales adaptadas al lugar y que circulan de generación en generación: 13 variedades de porotos, maíz, zapallo, siete variedades de lechuga, seis de tomates, cinco de arvejas, cuatro de papas y habas, tres de acelga, dos de cilantro una de zanahoria, rabanito, remolacha.
 
“El 33% de las variedades son de origen familiar, con más de 40 años de conservación. La revalorización de estas especies aportó solidez al grupo, generando interés en la realización de una casa de semillas en el paraje, con la finalidad de resguardar sus semillas criollas y la agrobiodiversidad”, explica Alejandra Gallardo, técnica de la AER Zapala del INTA. “Las ferias de intercambio de semillas en la región son una herramienta que potencia la recuperación de los sistemas locales de semillas, la conservación de variedades que promueven la soberanía alimentaria. Esta actividad ha evolucionado en forma silenciosa a través de circuitos informales, familiares y comunitarios”. 

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En esa localidad creó junto a las familias productoras una Casa de Semillas de Uso Comunitario. Para ella, un sistema de semillas resiliente es aquel que se sustenta en la biodiversidad agrícola y la diversidad de semillas locales; es la base de los sistemas agroecológicos diversificados. Su resiliencia general se establece a partir de su resiliencia ambiental, climática, social y económica. Un sistema de semillas resiliente está ligado a diversas tradiciones culturales y culinarias, y promueve la diversidad de la dieta, además de la salud. En un sistema de semillas resiliente, los agricultores son los actores clave, pues guardar, usar, intercambiar las semillas resultan fundamentales para garantizar un sistema de semillas manejado por los agricultores, que se han diversificado y con capacidad de recuperación.
 
Manejo sustentable de la biodiversidad, mejoramiento del suelo, acceso al agua segura en una estepa con procesos avanzados de desertificación. Captaciones de vertientes, perforaciones y jagüeles; las obras de almacenamiento de conducción por canales y tuberías; el almacenamiento en tanques, cisternas, tajamares; la distribución, priorización y gestión en las diferentes etapas del proceso. En clave climática, a eso se llama adaptación.


Y es lo que hicieron las familias del Proyecto Resilientes de Loncopué, de Covunco Abajo, de Comallo y Limay Centro, de Corralito y Cerro Alto, de Pilquiniyeu, de Chaiful: reservorios, tanques, mangueras, captación, cisternas, riego por goteo. “Aprendimos juntos a medir la eficiencia del agua”, cuenta Angel. “ El primero que nos enseñó fue Joaquín Jara, que vive del otro lado es un ejemplo, nos enseñó a hacer mucho, con poquísimo. En su comunidad, hay varios que viven sobre el río y no hicieron todo lo que hizo Joaquin con tan poquita agua. Ya verá cuando suba a su huerta. Con él aprendimos que, cuando se quiere hacer algo, se puede”. 

La infraestructura permite producir hortalizas durante todo el año, con semillas criollas y locales adaptadas al lugar,  que circulan de generación en generación

Donde el agua vale más que el oro

Joaquín Jara sabe de manejo eficiente del agua, de verduras y de agroecología. Sabe de producción a campo y bajo invernadero. Pero de lo que más sabe es de la defensa de la tierra. Joaquín tiene 42 años, pertenece a la comunidad mapuche Mallao Morales y vive desde hace más de tres décadas en el Paraje Huarenchenque, ubicado en la margen noroccidental del Río Agrio, muy cerca de Loncopué, que en lengua Mapuzungun quiere decir Lugar de los Caciques.

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Joaquín Jara y Lorena Torres, Paraje Huarenchenque

Sin la tierra y el cuidado del agua, sin la planificación comercial de su compañera, Joaquín no sería el productor agroecológico de Huarenchenque. 


Dice Joaquín que de la lucha por la tierra sacó la convicción por la agroecología. Y lo que cuenta es la historia del pueblo que le ganó la pulseada a las mineras. Recuerda cómo su comunidad,  las asambleas de Campana Mahuida y de Loncopué, junto al cura José María D`Orfeo y a la sociedad de fomento Rural Huecú-Có, se enfrentaron a la minera canadiense Golden Peaks, primero, y  a la empresa china Metallurgic Construction Corporation, después. 


La historia no por reciente resulta desconocida. Sucedió en Esquel (Chubut), en San Carlos (Mendoza), en Famatina (La Rioja) y también en Loncopué, donde vive Joaquín y las 140 familias de su comunidad. Claro que todo comenzó mucho antes del nacimiento de Joaquín, cuando Loncopué fue incluido en el mapa minero para la explotación de oro y cobre. Eran los años 60, posiblemente la década en la que sus abuelos cruzaban la cordillera y se instalaban en esta meseta, al pie de los Andes. Después, iba a nacer Joaquín y sus nueve hermanos. Y luego, iba a crecer Joaquín, entre la escuela primaria y la huerta. Más tarde, ya hecho un joven y activo integrante de la Mallao Morales, nacía el nuevo milenio y con él la minería a cielo abierto se extendía por toda la larga franja de la cordillera, la precordillera y las zonas de mesetas, desde el norte  hasta el extremo sur de la Patagonia.

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Siempre tuvimos huerta con mi familia, se plantaba lo suficiente como para alimentarse”.

Angel Fuentes , Paraje Loncopué

-Siempre tuvimos huerta con mi familia, se plantaba lo suficiente como para alimentarse- relata Joaquín- Pero en aquellos años no había tanta variedad: trigo, arvejas, habas, papa, cebolla, alfalfa. Los maestros nos enseñaban en la escuela, con los años me di cuenta cómo nos incentivaron. Después no pude seguir estudiando y hasta los 17 cuidé animales pero nunca, nunca quise abandonar la huerta.

Lo que hizo Joaquín fue buscar empleo, cerca de su campo, para poder cuidar sus verduras. 


Pasaba por entonces sus días, mitad empleado en la planta de agua, mitad en la huerta familiar. Era el 2007 y se escuchaban en el cerro unas explosiones inesperadas y camiones enormes subiendo y camionetas nuevas venidas de no se sabe dónde. Entonces se organizaron y durante los próximos dos y luego tres y luego cuatro y más tarde seis años iban a presentar recursos, acciones cautelares proyectos de ordenanzas e incluso consultas populares, con un resultado inapelable: un 84,5% del padrón vecinal diciéndole  SÍ a la ordenanza, diciéndole  NO  a la minería a cielo abierto. Dice Joaquín que sin esa experiencia vital, no seguiría allí, en ese jardín de hortalizas, frutales y flores que cuida del viento y de la seca y de la nieve.  


-Cuándo te diste cuenta que podías vivir de la huerta?


-Cuando la fábrica de agua en la que trabajaba cerró de un día para el otro, presentó la quiebra, dejó a tantos vecinos sin empleo y no pagó ni un cinco.


Recién ahí, Joaquín supo que podía vivir sólo de la huerta agroecológica. 


-Me costó mucho la comercialización, era medio corto yo, muy tímido. Pero cuando me junté con  mi señora,  todo prosperó. Ella fue el puntal que me faltaba. 
 

Joaquín y Lorena pertenecen a  la comunidad  Mallao Morales que está integrada por 140 familias mapuches.

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Me costó mucho la comercialización. Pero cuando me junté con mi señora, todo prosperó”, confiesa Joaquín.

Ella es Lorena Torres, la estratega comercial de los circuitos de venta directa de la verdura agroecológica en Loncopué.


Él, Joaquín, al frente de la producción, ella, Lorena, al frente de la comercialización de una variadisima oferta de maíz, choclo, lechuga, perejil, cilantro, zanahoria, acelga, ají, zapallito verde, zucchini, tomate platense, cherry, perita, berenjena, espinaca, porotos, habas, arvejas. Carqueja para el hígado; tomillo para calentar la vejiga; poleo para el dolor de panza (con azúcar quemada), llantén para la gastritis.  Venden a los comercios y también venden en ferias.


-Hay que tener paciencia en la feria, lleva tiempo, la gente no conoce lo que es la producción agroecológica. Cuesta al principio- cuenta Joaquín. 


Pero funciona. Cuando Joaquín comenzó a vender en la feria del salón parroquial, estaba hasta las 10 de la noche y le alcanzaba para el flete.  Ahora, en medio día de feria, de 9 a 13, ya no queda nada, se vende todo.


Sin la tierra y el cuidado del agua, sin la planificación comercial de su compañera, Joaquín no sería Joaquín Jara, el productor agroecológico de Huarenchenque “que hace tanto con tan poco”, como dice Angel Fuentes. 

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Con el proyecto Resilientes las familias comenzaron a incorporar distintos tipos de abonos orgánicos y a diversificar su producción.

De viento y sequía está hecho este paisaje de Mulichincó, que en lengua mapuche quiere decir agua fría. De polvo y grieta, parece esta tierra para los ojos forasteros. Suelo desnudo. Parece que no hay nada. Pero hay. 
Hay palo piche, colliguay que utilizan para las enramadas, cilantro silvestre. Hay jarilla y chanchanagua, que se usa para bajar la fiebre durante las gripes bravas. Hay plantas que purifican la sangre y hay árboles que tienen 100 años y hay álamos, incluso más viejos. Hay coirones y también hay guanacos y aves de rapiña como el Ñanco, que si lo encontrás a la derecha y de frente es buena suerte. Pero hay veces que está a la izquierda y puede venir una desgracia, o una tormenta. 

-Viento, todo el tiempo viento, mucho viento, poca agua- dice Angel. Y conjuga la tormenta. La hace verbo, la tormentea.


- Aquí tormentea seguido en toda la zona, pero los arroyos y cañadones no son tan peligrosos  como en el Río Agrio o en Campana Mahuida, pura piedra, tanto monte, cuando tormentea, un desastre, todo arrasado. Aquí tenemos puestos sanitarios en los parajes de Trahuncura, Huncal, Pichahue, Quintuco. Desde Loncopué un agente sanitario hace las visitas. Pero a veces se complica. En esos casos, la tecnología de celular es linda, pero cuando más hace falta, no funciona.

La problemática de sequía en los valles, sierras y mesetas de la Patagonia es reconocida por las pobladoras y los pobladores rurales de la región. La misma transcurre en un contexto de cambio climático . El impacto en la producción agrícola-ganadera de Neuquén y Río Negro se ve intensificado además por la caída de rayos causantes de incendios, las nevadas intensas y los depósitos de cenizas provenientes de erupciones volcánicas. Angel recuerda el rayo que cayó hace cinco años. Fue en el Cajón de Almaza, y mató a 175 chivas. Ni los depredadores se acercaron. Cuando Ángel las encontró estaban todas juntas, en una cueva. Nunca vio nada igual.
 

Angel recuerda el rayo que cayó hace cinco años. Fue en el Cajón de Almaza, y mató a 175 chivas.

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Niñez y Trashumancia

Campana Mahuida está a 15 km. al sur de Loncopué. Y es donde pasó su infancia Angel,  en el medio de una docena de hermanos. Ni el más chico, ni el más grande. Tantos eran, que durante un tiempo, diez  de los Fuentes  coincidieron durante todo un año en la escuela  42 del Paraje Mahuida. 


-Nosotros solos completábamos la matrícula. No faltábamos nunca. Todos los días 3 km. para ir, 3  km. para volver. Lluvia, nieve, viento, sol. Siempre a la escuela. Y después, los trabajos de la casa.


Angel es criancero desde los 13 años. Su vida, la de sus hermanos y vecinos, es también la trayectoria productiva  de cientos, miles de crianceros que habitan las mesetas, esos espacios de intersección que preanuncian los andes patagónicos.


-Mi padre fue criancero desde que tengo noción del tiempo. Le decían el gordo Fuentes, pero era flaco. Nunca dependió de nadie más que de su voluntad. A esfuerzo propio.


A esfuerzo propio implica levantarse, mirar que las chivas amanezcan en el rodeo, tomarse unos mates, largarlas al campo, salir con ellas, volver a las tres o cuatro horas, almorzar y esperar a que vuelvan, darse una vuelta para que no queden chivos en el campo, donde acecha el zorro, con su angurria, desde siempre y ahora el puma, que se hace su festín.


-Yo soy criancero desde los 13. Y a los 17 llegué aquí, con mi hermano mayor.

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El aquí de Ángel es al noreste de Loncopué, 27 km. camino arriba. Conoce Angel la estepa: 


-La familia Retamal, vive cerca y los Garrido también. Más allá, Castillo y Catalán. Y las comunidades mapuches, los Mellá Morales. Y las 400 familias de Millain Currical, en Huncal, acá cerca, lindando conmigo. La relación, gracias a Dios, no se pierde.


Dice la investigadora Mónica Bendini que los crianceros son los actores principales  de la ganadería trashumante y han construido una importante dotación de conocimientos transmitidos de generación en generación. Dice, también, que la trashumancia es un movimiento recurrente, pendular y funcional. “La periodicidad del movimiento está regulada por el ritmo cíclico de las estaciones y las actividades desarrolladas en las unidades domésticas de producción se ajustan a ellas. Esto origina un cambio temporal de asentamiento seguido por una situación de retorno que da comienzo a un nuevo ciclo”. El sistema trashumante queda eslabonado con el relieve, con el clima y con la receptividad de los campos, destacándose al menos dos momentos: la veranada y la invernada. A ese movimiento lo llaman también  trashumancia vertical (movilidad de arreos, de ascenso y de descenso).


Estudiosa de los sistemas de trashumancia, Bendini explica que la veranada, la invernada y la ruta pecuaria, conforman el circuito de este sistema productivo. La veranada se realiza en los valles de altura; un ambiente que brinda pastos y aguadas al rodeo durante el estío. La invernada se desarrolla en la meseta y valles inferiores en donde la escasez de agua y de pasturas se hace crítica a finales de la primavera. 


La veranada de Ángel comienza en diciembre, y termina a fines de marzo.

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Me quedo a la noche a dormir solo, sin carpa, con el recado. Tiro el pellón, una frazadita  y duermo ahí, tranquilo, mirando el cielo”, cuenta Angel

-Dejamos que los campos se compongan para la invernada. Nos vamos de arreo, algunos hasta 15 días, para arriba, con todo el rodeo; y se bajan los animales en marzo, para hacer la invernada. Yo los llevo de arreo, un día y medio y estoy en la veranda. Solo. Me gusta la tranquilidad. 65 km. Con mi caballo y mi perro. A veces me acompaña mi señora, un familiar o algún hermano para el almuerzo, pero sigo con el arreo y me quedo a la noche a dormir solo, sin carpa, con el recado. Tiro el pellón, una frazadita  y duermo ahí, tranquilo, mirando el cielo.


Quienes investigan los sistemas trashumantes cuentan que la relación que mantiene el criancero con los recursos naturales encierra una variada gama de posibilidades de uso, determinadas por el medio, por la cultura de los grupos mapuches y criollos y por las relaciones sociales de producción y las condicionantes históricas.


Durante estos tres siglos de conquistas y despojos se forjaron las historias ganaderas que transcurren sus días entre la meseta árida y semiárida y la cordillera de los Andes. Son las trayectorias familiares como las de Angel y otras 2.500 familias que habitan la provincia de Neuquén. 


Ahora, convertidos sus rodeos en un recurso genético local de relevancia, sus historias cobran valor. Por la persistencia de sus hábitos, por la resiliencia de sus prácticas, por la ocupación ancestral de un ambiente duro y hostil.

Las historias de las familias cobran valor por la persistencia de sus hábitos, por la resiliencia de sus prácticas, por la ocupación ancestral de un ambiente duro y hostil.