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LA PLATA

Ráfagas de destrucción

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Ráfagas de destrucción  

Sandra Cruz aún recuerda la tormenta de aquel mes de febrero. El viento apareció de pronto y en una ráfaga tan inesperada como violenta, desprendió de un soplido los nylons de todos los invernáculos, arrastró los palos y desplomó la estructura de las naves repletas de cultivos de verano. En unos pocos minutos no dejó nada.

“Quedamos arruinados y no teníamos cómo volver a empezar”. Las tragedias climáticas guardan esa lealtad con el calendario. Sandra Cruz tiene la marca de ese 5 de febrero de 2017, el soplido del viento con ráfagas de 100 km/h, la danza furiosa de los nylons volando y ajándose por los cielos de las quintas. Tiene también memoria de la luz, que se cortó por horas, por días, por semanas. Del generador que no llegó, porque no había plata que lo pueda pagar. Y tiene también la imagen de la nada que sobrevino después, cuando se arruinó por completo la cosecha y no tenía cómo volver a empezar.

“Quedamos arruinados y no teníamos cómo volver a empezar”

Sandra Cruz

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El evento climático que recuerda Sandra afectó a todo el cinturón hortícola del Gran La Plata. Con la destrucción parcial –y, en algunos casos, total- de las estructuras bajo cubierta, los cultivos de hortalizas y las flores sufrieron daños irreparables. Producciones de pimiento, berenjena y tomate implantados bajo cubierta, sin la estructura del invernáculo, se perdieron para siempre.


A esta situación se le sumó la caída del tendido eléctrico (postes, cableado, transformadores), con un impacto directo sobre el funcionamiento del sistema de riego. Esto generó pérdidas adicionales sobre los cultivos que sobrevivieron a la tormenta pero no soportaron la falta de riego por corte prolongado de luz.


Es la tormenta con su arrasadora lógica quien logra poner en evidencia lo que el (des)ordenamiento territorial esconde: las condiciones de producción, el acceso a la tierra, la precariedad del hábitat, la dependencia energética. Irrumpe y arrastra con la lluvia, el granizo y la inundación a miles de familias migrantes, vulnerables y precarizadas, arrendatarios en su mayoría, que pueblan los bordes productivos de las grandes ciudades. Visibiliza también lo intangible: los sueños, las horas, los días, las semanas, los meses de trabajo, las madrugadas en el surco, los mediodías al sol, la espera, las agallas, el futuro.

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Agroecología es naturaleza, diversidad, vida. Yo sé que estoy alimentando bien a mis hijos con las verduras sin químicos.”

Todo eso marca el 5 de febrero para Sandra Cruz, nacida en Bolivia hace más de cuatro décadas, venida a los 2 a la Argentina, madre de 6 hijos, productora agroecológica desde la hora cero. Aquel mes acuariano de 2017, sellado en la biografía productiva, como el verano en el que se desplomaron los invernáculos, Sandra se sintió abatida con todo lo que se llevó el ventarrón y desde el subsuelo de su ánimo dijo basta. Y se animó a otra cosa.


Habían pasado cuatro décadas después de un larguísimo recorrido por la horticultura. Porque Sandra desandó la ruta más o menos habitual de los migrantes bolivianos: de Tarija a Jujuy siendo una niña, de Jujuy a los valles irrigados de Mendoza, donde se hizo adolescente. De Cuyo a la zona cebollera del sur bonaerense, en Mayor Buratovich, cerca de Bahía Blanca, donde conoció a su esposo y tuvo sus primeras dos hijas. Después pasó por un campo en Cañuelas, por una quinta en hortícola en Florencio Varela, hasta que finalmente con plata prestada por los parientes y el cuidado de su tercer niña lograron alquilar la quinta de Abasto en La Plata. Acababa de cumplir 20 años.

Aquel mes acuariano de 2017 quedó sellado en la biografía productiva como el verano en el que se desplomaron los invernáculos

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Antes del temporal que marcó tanto nuestra vida, no teníamos esta contención que ahora nos da la agroecología. Por eso voy a trabajar junto a todos los que se interesen en este modo de producción”, destaca Sandra

La Plata está enclavada en el periurbano de la región metropolitana sur de Buenos Aires, a sólo 54 km de la capital argentina. Desde su creación, el cordón hortícola estuvo en manos migrantes: a principios del siglo XX fueron las familias portuguesas e italianas; luego se sumaron los japoneses, quienes introdujeron la floricultura. Pero la diferencia entre aquellos primeros migrantes y los actuales, radica en la posibilidad de acceso a la tierra, las diferencias en la necesidad de capital para iniciar la producción y el uso de las ganancias obtenidas. Una investigación del equipo del Instituto de Investigación y Desarrollo para la Agricultura Familiar (IPAF Región Pampeana – INTA) plantea que en la actualidad, el acceso a la propiedad de la tierra es una de las principales limitaciones de los migrantes recientes.


Cuando Sandra llegó con su familia a La Plata el cordón hortícola se encontraba en plena intensificación de un nuevo modelo productivo, con ventajas comparativas respecto de las zonas hortícolas extra pampeanas: con alta inversión en tecnologías modernas y una explotación creciente de mano de obra que incrementó la productividad y posicionó a la zona como una de las más capitalizadas.

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Resilientes.
El cordón hortícola platense
y el cambio climático.

El nuevo modelo se extendió de tal modo que hoy el 60% de los invernáculos de todo el país se emplaza en un cordón de menos de 7000 hectáreas y se convirtió en el modelo convencional hegemónico. Lo  que hizo el invernáculo es modificar la estructura agraria local, mediante  un modelo productivo de intensificación con mucho gasto energético, altos rendimientos por unidad, en plazos cortos para cubrir costos fijos, alta dependencia externa, con impactos negativos en el uso de bienes comunes como la tierra, el agua, la mano de obra y  las condiciones de hábitat de los productores. Un modelo que muestra en sus pilares una alta fragilidad, con muy baja capacidad de resiliencia ante la ocurrencia de episodios climáticos como los que sufrió Sandra Cruz.

Matías García es investigador del CONICET y estudia la evolución de la horticultura platense: “Se trata de un cordón con dinámicas aceleradas de cambio, que se agravan con los escenarios de crisis ambiental y cambio climático, evidencian conflictos socio-ambientales y económicos emergentes”.

El 60% de los invernáculos de todo el país se emplaza en un cordón de menos de 7.000 hectáreas.

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Desde sus cátedras universitarias de La Plata y Florencio Varela, describe cómo el modelo productivo se asienta sobre tres pilares que le brindan competitividad: el rol del horticultor boliviano, la explotación de la fuerza de trabajo y la tecnología del invernáculo. Analiza también lo que él describe como externalidades negativas: “Es un sistema que da a entender que la única forma de resistir o persistir, es a través de la exacerbación del modelo: más insumos, más invernáculos, más explotación.

 

Uno de los impactos más notables se ve en las tormentas cada vez más frecuentes y furibundas. Arrancan los invernáculos como si fueran un castillo de naipes. La salida de este círculo vicioso no es fácil ni sencillo, pero es necesario y evidente que es a través de la agroecología, por sus efectos sobre el ambiente, pero también sobre la economía y las familias que viven y trabajan en este sector. No conozco a Sandra Cruz, pero la historia de este cordón está escrita con numerosas sandras. Su historia se repite ”.

El uso de cubiertas plásticas, insecticidas, fertilizantes y otros productos químicos dominan la producción de las familias en los cinturones hortícolas.

Quien sí conoce a Sandra es Camila Gomez. Extensionista de larga data y actual jefa de la AER-INTA La Plata, recorre desde hace años las quintas de las familias y caracteriza las condiciones actuales de producción: “El uso de cubiertas plásticas, materiales híbridos, enmiendas de origen animal poco compostadas, insecticidas, fungicidas, fertilizantes y otros productos similares de síntesis químicas dominan el modo de producción de las familias en la mayoría de los cinturones hortícolas y favorecen a numerosas casas proveedoras de insumos y de financiamiento temporal. El arrendamiento significa para la mayoría de los horticultores familiares un costo fijo significativo que condiciona el uso del espacio y los ritmos de producción. Los arrendatarios están forzados a producir lo máximo posible en el menor tiempo disponible, con un uso muy extractivo de suelos y una alta dependencia de insumos externos que garantice los niveles de productividad en períodos relativamente cortos de tiempo”.

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Resiliencia y agroecología

Cuando a Sandra Cruz se le desplomó en 2017 toda su quinta y los plásticos se le volaron, supo que tenía que hacer otra cosa.


Entonces se acercó a un grupo de productores del MTE y escuchó por primera vez la palabra agroecología.
-¿De qué se trata eso? -preguntó en la primera reunión. Y lo que le contestaron la llenó de curiosidad.


-¿Funcionará?, -reprepreguntó al minuto. Y le dijeron que sí, que funciona.


-¿Y si falla y perdemos todo?. Le instaló una duda razonable su marido, quien entre la tormenta y los precios planchados de la temporada anterior, no estaba en condiciones de perder otra vez.


Sandra es buena negociadora. Y se impuso: “Decidí probar con un pedacito de campo y resultó”.


Aquí, somos sobre todo las mujeres las que nos animamos a probar con la agroecología, asegura Sandra. Dice que en el tránsito hacia la agroecología descubrió también el poder de lo organizativo: “Aquí en las quintas nuestro rol es sacrificado las mujeres trabajamos a la par junto al varón. Pero hacemos otro montón de cosas que no se ven. Nosotras las mujeres nos ocupamos del hogar, de los hijos y de ayudar a nuestros esposos.”

 

“Hay muchas mujeres muy explotadas", confiesa Sandra. "Depende en cada familia el trato. Pero hay historias muy tristes. Las mujeres paisanas, yo también lo soy, somos más sumisas, vivimos solas nuestras tristezas. Lo sé porque soy líder de damas en la iglesia evangélica y llegan las mujeres y te llaman aparte y te cuentan bajito lo que les pasa. Pero eso cambia cuando nos animamos a participar de una organización”.


La organización de Sandra es el MTE – Rama Rural. Nació en 2015 en La Plata y pronto se unió al Movimiento de Trabajadores Excluidos. Hoy tiene presencia en diecinueve territorios, cuenta con un equipo técnico propio y nuclea a cooperativas, organizaciones y asociaciones de campesinos/as, pequeños/as productores/as y comunidades originarias que se organizan para mejorar la calidad de vida y de trabajo de quienes producen una amplia gama de alimentos frescos y procesados.
    
 

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“Aquí, somos sobre todo las mujeres las que nos animamos a probar con la agroecología. Decidí probar con un pedacito de campo y resultó”, asegura Sandra.

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Bajo cubierta es todo más acelerado, a campo es un poco más fácil, la lluvia colabora con el riego, la verdura sale más rústica, es verdad, pero sobre todo hay más ayuda de la naturaleza”.
Sandra Cruz

Elaboran propuestas de comercialización que permiten acercar a productores/as y consumidores/as, construyen redes de comercio justo y alternativas solidarias a los mercados concentrados y promueven la transición agroecológica. Articulan con organismos como el INTA o la universidad, para que orienten con sugerencias técnicas la transición agroecológica.

 

Sandra asiste a esos talleres, aprende sobre biopreparados, abonos verdes y bocashi. De a poco un nuevo diccionario le otorga sentido a sus saberes pre-invernáculo. Dice que los productores le tienen idea al paquete tecnológico que aplican. Que a medida que hacen estos cursos, se entusiasman.


Saben que el uso de agroquímicos, los tiempos de carencia, la manipulación de los productos, son límites finitos que afrontan todos los días. Saben que esos márgenes definen la salud, de la enfermedad; la inocuidad, de las malas prácticas. Pero tienen también clavada esa espada de Damocles que es la exigencia de maximización de producción planteada por el modelo de altos insumos. Para las familias productoras de baja capitalización, el paquete tecnológico predominante es, muchas veces, un salvavidas de plomo.  
 

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Esto lo cambia todo

¿Cuándo será el momento exacto en el que dejemos de mirar para otro lado?

¿En qué incendio, sequía, nevada, tormenta, en qué inundación? Eso es lo que se preguntaron las cincuenta familias productoras del cordón hortícola cuando en un taller pusieron en común las percepciones que tienen sobre el clima en el Cinturón Verde de La Plata, Florencio Varela y Berazategui, provincia de Buenos Aires. Casi todas las familias que participaron tienen marcado en el calendario la fecha exacta en la que el cambio climático los sacudió con toda la furia de la naturaleza. Se trabajó sobre los impactos principales y secundarios, sobre la capacidad de respuesta y sobre las medidas de adaptación.

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Antes el verano era verano y duraba los tres meses. El invierno bien marcado, frío y seco. Eso cambió. Ahora  los inviernos son cortos, con heladas fuertes pero escasas. Las lluvias intensas. Antes nos anticipamos a las tormentas, ahora llegan de cualquier lado."

Adriana Palacios

La capilla, Florencio Varela

Más tormentas, más vientos, más granizo, encharcamiento, tornados dentro de los invernáculos. ¿Coinciden estas experiencias con la información climática? La verificación de esas percepciones corre a cargo del Grupo de Trabajo de Datos Climáticos del proyecto “producción resiliente de alimentos en sistemas hortícolas ganaderos de la Agricultura Familiar en regiones climáticamente vulnerables de Argentina y Colombia”.


- Se obtuvo una correlación entre los testimonios de los talleres y las series de datos históricos estudiadas, lo que valida las percepciones de las familias.


La estación meteorológica utilizada para el análisis fue el observatorio meteorológico de La Plata, que pertenece al Servicio Meteorológico Nacional (SMN) para el periodo 1967-2019”, explica Mora Herrera. Se trata de una estación que cuenta con datos históricos robustos para realizar el análisis.


 

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-El escenario seleccionado fue el de Futuro Cercano, con proyecciones para los años 2015 – 2039, considerando un nivel de emisiones medias.


Se trabajó con una serie de índices de extremos climáticos y se utilizaron las proyecciones climáticas provenientes del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, a partir de la Tercera Comunicación Nacional de Cambio Climático. El insumo utilizado fue el Sistema de Mapas de Riesgo del Cambio Climático - SIMARCC. que es la primera herramienta interactiva que identifica los riesgos derivados del cambio climático para todo el territorio nacional. 

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¿Cuándo será el momento exacto en el que dejemos de mirar para otro lado? ¿En qué incendio, sequía, nevada, tormenta, en qué inundación?

La investigadora Edurne Battista sostiene que el cambio climático intensifica los problemas derivados del paquete tecnológico, no provoca los problemas per se. Es un factor más, que en el caso del cordón hortícola, cristaliza los inconvenientes que plantea el modelo tecnológico del invernáculo y la problemática de acceso a la tierra. Se verifica que, si no existe un plan local de adaptación con los municipios, son medidas difíciles de implementar y escalar, porque el cambio climático es una de las tantas variables de vulnerabilidad que enfrentan las familias del cordón hortícola, donde la tenencia de la tierra condiciona la producción y el hábitat.


Si la problemática es multicausal, las intervenciones que se generen desde los sistemas de I+d deben ser articuladas y fortalecidas por el co-diseño, como modo de innovación ya que fomenta la apropiación y adopción de cambios desde el conocimiento y la participación. Eso es lo que propone el proyecto Resilientes, con sus medidas de adaptación. Es también lo que cotejan los datos y las proyecciones climáticas. Son umbrales para mirar el futuro en un mundo roto, como dice la socióloga Alcira Argumedo, donde se fracturan los hielos, se incendian los bosques, crece la contaminación del aire, se reproducen fenómenos meteorológicos extremos y miles de millones de seres humanos carecen de las condiciones mínimas de supervivencia.

 

¿Será este el tiempo en el que dejemos de mirar para otro lado?
 

“El cambio climático intensifica los problemas del modelo tecnológico del invernáculo y la problemática de acceso a la tierra”, asegura la investigadora Edurne Battista.